Peñarol y Quilmes brindaron un espectáculo a la altura de las circunstancias. Le mostraron al país entero lo grandioso de este clásico. Chicanas de un lado, cantos del otro, y mucho colorido en una noche apasionante.
El país entero pudo ver a través de la tv lo que significa este partido para la ciudad de Mar del Plata.
Peñarol y Quilmes demostraron una vez más el colorido que le pueden poner a un partido que se vive como se juega.
Desde temprano la gente fue llegando a ritmo calmo, con la expectativa propia de un partido de esta envergadura. Hombres de canas largas, muchachas de ropa suelta, niños con camisetas más grandes que su propio cuerpo vivieron un espectáculo apasionante.
Los hamburgueseros y cocacoleros de parabienes. Las radios y sus relatores subidos en una adrenalina única. Y las hinchadas de cada lado ofreciendo una sinfonía estruendosa que hacía retumbar el polideportivo "Islas Malvinas".
El calor del ambiente iba creciendo ante cada pelota que el "Gabo" Mikulas agarraba y se cruzaba en su camino, ante los zapateos folclóricos del "Huevo" Sánchez, ante la platea enardecida por algún que otro fallo arbitral.
"Pamperito" Diez volando por el aire para tomar una pelota a lo Fillol. "Chukie" Robinson más enfurecido que el famoso muñeco de las películas de terror. "Tato" Rodríguez pidiéndole calma a sus compañeros con la tranquilidad de que todo iba en buen camino. Y la gente de fondo...alentando y alentando sin parar.
Por suerte Mar del Plata tiene este partido. Y por suerte su gente lo sabe cuidar. Todo termino en paz, como debe ser. Cada uno por su lado. Unos, felices hasta la médula por el triunfo grandioso. Otros, mascando la bronca lógica de una nueva derrota ante su clásico rival. Pero ambos, con la tranquilidad de haber brindado uno de los espectáculos más maravillosos del deporte nacional.